Archivo Mensual: mayo 2015

LA DIMENSIÓN DEL PROBLEMA – «IMPOSIBLE BAJAR LA LUNA»

Uno de las cuestiones más difíciles de resolver, previo a la toma de decisiones, es responder a la pregunta: ¿cuál es el problema?

Como managers, nuestras decisiones presentan un abanico de implicancias muy diversas: cuestiones organizacionales o de negocio, sobre nuestros superiores, sobre los dueños de la organización, sobre nuestra dotación, sobre nosotros mismos e, inclusive, sobre los seguidores o clientes de la organización.

Es decir que, dependiendo de su grado de importancia, las decisiones pasan por una diversidad de tamices que están fundamentalmente condicionados por los intereses de cada parte afectada.

Allí radica la complejidad a la pregunta que nos planteábamos al inicio.

Hace unos años, leyendo libros de cuentos a mi hija, entonces una niña, descubrí uno del folklore portugués llamado “La Princesa que consiguió La Luna”, que resume claramente la respuesta a la pregunta ¿cuál es el problema? Veamos algunos fragmentos.

“….El rey de Portugal estaba preocupado y triste, ya que la princesa Yolanda, su única hija, se hallaba enferma y los médicos le habían obligado a guardar cama.

El angustiado rey se pasaba el día entrando en la recámara de su hija con la esperanza de ver que los colores de las rosas hubieran vuelto a las mejillas de la muchachita. Pero no era así. Inclinado sobre su hija, el monarca le decía:

Pídeme lo que quieras, niña mía, lo que quieras, pues no deseo sino verte feliz.

Gracias, padre mío – contestó la princesa -.  Pero lo único que quiero de verdad es la luna. Si tengo la luna, me pondré buena en seguida.

El monarca salió del aposento y convocó en el salón del trono a los diez hombres más sabios de su país.

El más viejo de los sabios, que era también el que mayor fama había adquirido por su sabiduría, preguntó: ¿En qué podemos seros útiles, Majestad?

Vais a encontrar mi petición algo extraña, pero es preciso que me consigáis la luna. Si logro dársela a mi hija enferma, ella recobrará la salud.

Un movimiento de asombro se produjo entre los sabios.

¿La luna? – repitió el más anciano, mientras los otros nueve se miraban perplejos.

Sí, amigos míos, la luna – insistió el soberano – . ¡La luna! Id a buscarla esta noche. La quiero aquí mañana sin falta.

El anciano de mayor sabiduría solicitó unos momentos para deliberar y se alejó a un extremo del salón del trono seguido de sus nueve compañeros. Pronto una animada discusión se entabló entre ellos.

¡Imposible de todo punto! Por tanto, tenemos que desengañar al rey y hacerlo ver la realidad –  añadió otro.

¿Quién de nosotros se atreverá a exponer al soberano nuestra negativa?

El anciano más sabio se alejó unos pasos y dijo con decisión: Yo lo haré.

Después, enjugándose la sudorosa frente y acariciándose la blanca barba, se dirigió de nuevo al poderoso monarca:

La luna, Majestad, está a miles de kilómetros de Portugal. Por tanto, y con la venia de Vuestra Majestad, he de deciros que no podemos conseguiros la luna.

 ¡Callad! – exigió el rey, molesto -. La princesa Yolanda quiere la luna para curarse, y no permitiré que se muera. Retírate de mi vista. En adelante ya no serás más mi consejero.

Los sabios entonces volvieron a consultarse.  ¿Sería conveniente tratar de hacer ver al  monarca su equivocada postura? Pero terminaron dándose por vencidos y se retiraron en silencio.

En el reino, todos participaban de la preocupación del soberano. Todos hubieran deseado poder ofrecer la luna a su princesa; y no sólo por el premio que obtendrían, sino porque la querían mucho y  no deseaban verla siempre triste y enferma.

¡Terrible  situación!

Un buen día se presentó a la audiencia real un avispado pajecillo llamado Martinejo. Toda la corte rió al verle, pero él, decidido, hizo una graciosa reverencia al monarca y le preguntó:

Vuestra majestad se dignará perdonar mis palabras, pero antes de salir en busca de la luna, porque yo voy a ir a buscarla, desearía preguntaros: ¿qué piensa Su Alteza de la luna?

Ante estas palabras, el soberano levantó la cabeza y todos los caballeros callaron. En eso no había pensado! – confesó el rey.

Martinejo propuso entonces: si Vuestra Majestad me lo permite, yo mismo iré a preguntárselo a nuestra querida princesa.

¡Ve sin pérdida de tiempo! – contestó el rey.

Y Martinejo, acompañado de un alto alabardero, se dirigió a la recámara de la princesa, lleno de curiosidad y muy especialmente, de esperanza.

Ella, que estaba despierta, se incorporó en las almohadas y demostró una gran alegría por la visita.

¿Me traes la luna? – preguntó al paje.

Todavía no, pero iré a buscarla en cuanto crea que puedo conseguirla, princesa mía. Decidme, ¿cómo creéis vos que es de grande la luna?

¡Oh, no muy grande! Es del tamaño de mi pulgar.

Y, ¿a qué distancia creéis que se encuentra? – prosiguió Martinejo.

Pues no más alta que el álamo del jardín, ya que muchas noches veo que sus ramas la tocan…

El paje insistió todavía: ¿De qué creéis que está hecha la luna, Alteza?

¡No seas tonto, paje! La luna está hecha de brillantes, por eso reluce tanto.

Martinejo, rodilla en tierra y la mano en el pecho, le aseguro: esta misma noche tendréis la luna, princesa mía.

¿De veras? – se ilusionó ella -. ¿Cómo podrá ser así? ¿No dicen que es inalcanzable?

No es inalcanzable si se desea con el corazón. Yo treparé al árbol más alto del jardín real, y cuando quede enganchada en las ramas del álamo, os la traeré colgada de una cadena.

Sin pérdida de tiempo, el paje se fue corriendo en busca del joyero real y le ordenó:

Os traigo un encargo de Su Majestad. Os ordena que al instante hagáis una luna de oro con un brillante engarzado y que lo colguéis de una cadenita también de oro.

Aunque no lo comprendía del todo, el orfebre cumplió a la perfección el encargo. Y el más hermoso brillante fue engarzado en un aro de oro y éste a su vez en una cadena del mismo metal.

Al llegar la noche, las damas de honor de la princesa corrieron las cortinas tapando el ventanal y el monarca ofreció la luna a su hija, en forma de aquella extraña joya. Entró con temor, creyendo que ella la rechazaría, pero la muchacha, extasiada, exclamó: ¡Ya tengo la luna! ¡Qué hermosa es!

La colgó de su cuello y aquella noche, por primera vez después  de mucho tiempo, la princesa Yolanda durmió tranquila.

Ya no rechazó los alimentos al día siguiente; estaba alegre y las rosas iluminaban sus mejillas.….”

Algunos podrán pensar “es que la princesa es una ingenua” o cosas por el estilo.

En realidad el paje tenía en claro un concepto básico de todos los seres humanos: siempre actuamos en función de nuestra percepción.

Es decir que la importancia y dimensión de un problema radica en la percepción que se tiene sobre él, o mejor dicho, de la percepción que tienen cada uno de los involucrados en dicho problema y, por lo tanto, afectados con nuestra decisión.

La percepción es un fenómeno sensorial que utilizamos para darle un sentido a nuestro entorno. Es emocional, no racional.

La luna es imposible de traer, de eso no hay dudas, pero constituye la respuesta racional a una manifestación emocional.

Lo que llamamos “realidad” no es más que la construcción de nuestra percepción que depende, entre otros, de factores como: nuestra historia personal, nuestra cultura, hecho a percibir, de nuestros intereses en el asunto y del momento en que se presenta.

Acercarse al grupo afectado por la decisión que debemos adoptar para descubrir su percepción y, en definitiva, “su problema”, puede llevarnos a concluir que nuestra decisión es sumamente sencilla o mucho más traumática de lo que pensábamos.

Es cierto, muchas veces no podemos realizar ese acercamiento, entonces deberemos apelar a nuestra sensibilidad para deducir la percepción del otro.

Si de nosotros depende cómo se percibe un hecho, debemos apelar a nuestra habilidad para determinar: si es el momento de comunicarlo o llevarlo a cabo, la historia y la cultura de quienes percibirán lo que haremos y así concluir, cómo comunicarlo.

No obstante, todo quedará sujeto a cómo se perciba. Como este texto. Soy el dueño de lo que escribo no de tu interpretación.