LA CLAVE DE LOS 100 PRIMEROS DÍAS DE GOBIERNO – TOMA DE CONTROL

El proceso electoral que estamos viviendo en nuestro país y su vinculación a conceptos de liderazgo, fundamentalmente a partir del momento que asuma el próximo presidente, me inspiró a escribir este artículo.

La imagen como interpretación

Casi el 90% del contenido de una comunicación entre personas no responde a lo que se dice, sino al correcto uso del tono de voz y a nuestro lenguaje corporal.

No resulta raro entonces que, desde hace más de medio siglo, los debates presidenciales constituyen un fenómeno de percepción más que discursivo.

Si bien todos vimos y escuchamos lo mismo, existen casi tantas conclusiones como observadores, ya que nuestra conducta no está regida por el hecho, sino en cómo lo percibimos. Aquí entran a jugar temas como: nuestra historia personal, nuestra cultura, nuestros valores, cómo estamos en ese momento, el grupo de pertenencia que le atribuimos a cada candidato, algunos de los factores que llaman nuestra atención sobre la personalidad y su aspecto físico y del contraste que hagamos entre uno y otro, por mencionar los que más se destacan.

Cualquiera sea tu conclusión y la decisión de tu voto, también resulta claro que, aunque coincidas con muchas personas en votar a determinado candidato, no significa que los aspectos que te llevaron a esa decisión sean los mismos que el del resto.

Poder y autoridad

Entre poder y autoridad existe una sutil y determinante diferenciación.

El próximo lunes tendremos un nuevo presidente que en menos de un mes ya estará en funciones. El discurso y la imagen ya no serán suficientes, es momento de ejecutar, de la acción. Es decir, momento de liderar.

Para liderar, resulta obvio que es necesario contar con poder, pero, como ya anticipamos, no es suficiente. Al asumir el próximo 10 de diciembre, sea Scioli o Macri, el nuevo presidente tendrá el poder que le asigna el cargo que detenta, y aquí entra a tallar la diferencia con la autoridad. La autoridad, es el poder legitimado, lo que conforma un aspecto vital del próximo presidente: la gobernabilidad.

Quienes deben legitimar ese poder es la ciudadanía toda, cualquiera haya sido su voto, proceso que, por lo general, se desarrolla en el corto plazo. Mucho peor aun cuando se está ante un cambio de estilo de gestión (sea Scioli o Macri el ganador), donde entra en juego en toda su dimensión el fenómeno de contraste que antes mencionábamos, es decir, la comparación inevitable del nuevo presidente con el anterior gobierno.

A este factor, se le debe sumar la expectativa del electorado, de quienes votaron por el candidato ganador y de los que no lo hicieron.

Dada la actual situación social de agitación política y de ansiedad entre los ciudadanos comunes y de la economía, el nuevo gobierno, difícilmente cuente con más de 100 días, desde que asuma, para generar esa legitimidad.

En estos primeros 100 días, el nuevo presidente deberá establecer clara y firmemente cuáles serán las reglas de juego de su gobierno. Además del ciudadano común, operadores económicos, empresarios, oposición y los gobiernos de otros países estarán expectantes de ello.

Las señales sobre: política cambiaria, déficit fiscal, inflación, financiación del estado, tarifas, subsidios, seguridad, educación, por mencionar algunos, son aspectos que requieren rápida definición, aunque su aplicación demande más tiempo.

En el momento en que asuma el 10 de diciembre, el próximo presidente, contará con el grado más alto de crédito de la ciudadanía y es por eso la importancia de los 100 primeros días de gobierno. La palabra crédito deriva de credibilidad.

El nuevo presidente deberá aprovechar ese crédito para generar rápidamente la legitimación de su poder y consecuentemente, facilitar su gobernabilidad.

Desde el punto de vista del liderazgo, si resulta ser electo Macri, es quien aparenta estar más condicionado por estos 100 primeros días de gobierno. No solo por lo que mencionamos anteriormente, sino porque contará con una expectativa de los ciudadanos que lo votaron muy distinta a la que podría contar Scioli si gana.

Resulta imposible mensurar las expectativas de cada uno de los votantes, pero el votante de Macri, en líneas generales, podríamos decir que representa un cambio de filosofía de gobierno y no así el votante de Scioli, quien aparenta más un deseo de mejora sobre una continuidad de la filosofía imperante.

De esta manera, en caso de ser Macri el ganador, contará con una parte de la ciudadanía con una alta expectativa de cambio constituida por sus propios votantes y por otra parte, los votantes de Scioli, observando con cierto escepticismo y diciendo algo como “a ver qué haces ahora que te eligieron”.

Macri, además de tener que responder a la expectativa de su propio votante, tiene la necesidad de instaurar un nuevo esquema de poder y de negociación parlamentaria para sancionar las leyes que sus cambios requieran. Hacia la oposición, entra a tallar otro aspecto importante en la legitimación de su poder, que estará constituido por la distancia en votos que logre sobre su oponente en un eventual triunfo.

Si resulta ser electo Scioli, no tendrá sobre sí las expectativas que mencionamos. Los que no lo votaron, buscaron una alternativa de cambio en el otro candidato que, se supone, hoy ya están descontentos. Tampoco de sus propios votantes, quienes aparentan concentrar sus expectativas más hacia una continuidad que a un cambio.

De esta manera, la gobernabilidad de un eventual gobierno de Scioli aparenta estar mayormente vinculada hacia sus propias filas que hacia la ciudadanía, por lo que su legitimidad se verá fuertemente influenciada por la diferencia que pueda sacarle a su contrincante en los comicios en caso de resultar ganador.

De todos modos, cualquiera sea el ganador, será protagonista de ser el primer presidente electo que cuente con el período de transición más corto de la historia electoral argentina, tan solo 18 días.

En 18 días, deberá plantarse ante el país y el mundo luego de 12 años de continuidad de otro estilo de gestión. Todo un desafío para cualquier líder.